Efeméride de un capítulo trágico de la historia democrática de nuestro país.

 

 

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La historia señala que el 15 de enero de 1981, efectivos paramilitares de la dictadura de Luis García Meza y Luis Arce Gómez encontraron, torturaron  y luego asesinaron a ocho miembros de la dirección nacional del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Era uno de los días del tiempo que se recuerda como la narcodictadura; eran tiempos de miedo, de ejecuciones sumarias, de represión, de violaciones a los más básicos derechos humanos.

Se había interrumpido un proceso democrático que contaba con un sólido respaldo para desatarse impunemente un terrorismo de Estado que conculcó los derechos más elementales de la ciudadanía.
Estos idealistas y luchadores democráticos se reunían en la calle Harrington de Sopocachi en la ciudad de La Paz para analizar un paquete económico del Ejecutivo que determinó el alza de varios productos de la canasta familiar.

El grupo fue delatado y el Ministerio del Interior, dirigido por Luis Arce Gómez, organizó un operativo de aniquilación que culminó con el asesinato de ocho de los nueve dirigentes presentes en la reunión. Las víctimas fueron, Luis Suárez Guzmán (38 años), Arcil Menacho Loayza (48), José Reyes Carvajal (41), Ramiro Velasco Arce (31), Artemio Camargo Crespo (33), Ricardo Navarro Mogro (31), Jorge Baldivieso Menacho (33) y Gonzalo Barrón Rendón (31).

Milagrosamente, se salvó la dirigente Gloria Ardaya que fue torturada después de los hechos y enviada posteriormente al exilio. Poco tiempo antes, Arce había advertido que todos los bolivianos debían ir con su “testamento bajo el brazo”. Para quienes estuvieran contra el régimen del Ministro del Interior, dijo: “No va haber perdón” y cumplió su amenaza sin misericordia.

Este capítulo trágico de nuestra historia se grabó en la memoria como La masacre de la calle Harrington. Estos ocho militantes asesinados brutalmente bajo la impunidad de los años de dictadura boliviana han dejado una de las semillas fundamentales de la democracia que hoy seguimos construyendo, de esta democracia que sigue siendo imperfecta, de esta democracia que sigue necesitando militantes de la vida y de la justicia social.
 
Hoy nuestros desafíos como sociedad son distintos pero siguen siendo urgentes. Los fantasmas contra los que estos jóvenes luchaban arriesgando en serio su vida siguen recorriendo ciudades y campos: la pobreza, la desigualdad, la injusticia. El contexto es otro; el anhelo de una sociedad democrática es el mismo.

 

 
 
 
 

 

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