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Dónde estés, cierra los ojos. Imagínate a la salida del colegio en que trabajas o en la parada del minibús. Escucha cómo habla la gente y cómo ríen tus amigos. Ahora sitúate en el campo y escucha silbar al viento mientras golpea tu cara. Siente cómo el calor del chaco y la humedad del amazonas envuelven tu cuerpo. Respira la soledad del altiplano. Escucha la música, baila, conversa. Estás gozando a fondo tu patria. Estás viviendo y transmitiendo tu cultura.

foto a color del director del MUSEF Ramiro Molina

Así comenzamos la conversación con el antropólogo Ramiro Molina, actual director del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF) a quien le pedimos que nos haga un bosquejo de cuáles son las culturas que viven y conviven en la Bolivia de hoy.  “Cuando hablamos de culturas vivas, hablamos de culturas vigentes, que se reproducen, que son dinámicas y que se proyectan en el tiempo, que están en movimiento y que producen una multiculturalidad. Cuando hablamos de culturas vivas, hablamos de vigencia, tradición y dinamismo”, nos explica.

Esa vitalidad cultural la recibimos de parte de aymaras, quechuas, guaraníes y de las otras 34 etnias que viven a lo largo y ancho de nuestro país. Están ubicadas en el ámbito rural y según explica Ramiro, estas poblaciones se separan en dos contextos territoriales y “ecológicos”: las tierras bajas y la zona andina.  Las tierras bajas se extienden a lo largo de 2/3 del territorio nacional y que se cuentan desde el norte del país, en las fronteras con Perú y Brasil, hasta el Chaco, colindando con Paraguay.

En esa extensión, viven poblaciones indígenas pequeñas, que están desplazándose continuamente de un lugar a otro. “Sus características son el nomadismo y la itinerancia y se dedican a la caza, pesca y recolección y también a las actividades agrícolas”. Se refiere a guaraníes, chiquitanos, ayoreos, guarayos y otros.

Altiplanos y valles
“En la zona andina, que representa 1/3 del territorio nacional, viven las poblaciones indígenas más relevantes en cuanto a su población. Se trata de los aymaras, quechuas y un porcentaje mínimo de los urus”, nos cuenta Ramiro. Están esparcidos en altiplanos, valles y yungas y constituyen la mayor población indígena del país que, a la inversa de los indígenas de las tierras bajas, ocupan un territorio más chico. Estamos hablando de unos 4 millones de habitantes, de habla aymara y quechua, indica.

Explica que están agrupados en marcas, ayllus y sindicatos agrícolas y que tienen un sentido de territorialidad muy fuerte, el cual fue acentuado luego de la reforma agraria de 1952, cuando recuperaron sus territorios y sus comunidades indígenas y tomaron control de los recursos naturales y de su economía.

El eje del campo y la ciudad
Cuando Molina habla del dinamismo de la cultura, se refiere –entre otras cosas- a su constante movilidad del campo a la ciudad, lo que permite el fluido intercambio cultural. Pero vamos paso a paso. En el campo, las poblaciones indígenas todavía operan bajo el sistema de trueque en un contexto de solidaridad comunitaria. Pero saben cómo combinar este sistema con la economía de mercado y así llegan a las ciudades donde venden sus productos agrícolas o venden también su fuerza de trabajo. Vemos entonces albañiles, operarios de fábricas, músicos, artesanos, cocineros y tantos otros que son indígenas que han llegado del campo para trabajar en las ciudades. 

“Las características de los migrantes rurales es que llegan a varias ciudades y no sólo a la capital, sino también a Santa Cruz y Cochabamba. Fomentan el crecimiento urbano y se habla otra vez de culturas vivas porque en las ciudades manifiestan esa cultura a través de los bailes, la música, sus trajes y la fiesta”, nos cuenta Ramiro.

¡Viva la fiesta!
Cierra los ojos de nuevo y trasládate a Oruro, a su carnaval. Escucha la música que puede ser la misma que acompaña a los bailarines del Gran Poder o los devotos de la Virgen de Urkupiña. Ésa es la fiesta, una de las expresiones culturales más potentes, que acogen mucho de los ámbitos, prácticas y costumbres rurales y se ubican en un contexto urbano, explica nuestro entrevistado. “Así vemos que las culturas vivas fluyen de un lugar a otro y generan una interculturalidad muy fuerte”, añade.

Son legados de las múltiples identidades que viven en el país y que han devenido finalmente en una forma de ser del boliviano. ¿Cómo absorben los jóvenes estas influencias? No sólo las absorben, dice Ramiro. Ocurre que los jóvenes están tomando conciencia de sus propios orígenes y combinan esa tradición con otras influencias y que se expresan a través de la música, la danza, la pintura, la literatura, el teatro y el lenguaje.

Así no es raro ver a un muchacho en El Alto componiendo música de reggaetón o escuchar a un grupo de rock con nombre guaraní. Los jóvenes universitarios hacen teatro como lo hacen los aymaras: interactuando con el público. Además escuchan música de caporales en un MP3.  En fin, una multiculturalidad bulliciosa y pujante.

No todo es miel sobre hojuelas
Pero hablamos de una moneda de dos caras. Por un lado tenemos una exuberante diversidad cultural. “El lado inverso de la medalla es el racismo, la intolerancia y la discriminación que existen entre regiones, entre lo urbano y lo rural y entre los pueblos”, dice Ramiro.

Según nos explica, es inevitable que surjan ante la interculturalidad. Es una especie de desconfianza y miedo ante lo que es distinto. Además se manifiesta especialmente ante quien llega a ocupar espacios ajenos. Así, los migrantes rurales que se asientan en las ciudades sufren el rigor de éstas y de sus habitantes. “Éste es un tema recurrente que preocupa a la institucionalidad del Estado y desde allí se está haciendo un esfuerzo para esos procesos discriminatorios”.

La educación es una herramienta útil para fomentar la tolerancia y la aceptación. Así nos indica Ramiro, que existe un interés institucional para fomentar esos valores a través de los programas educativos. “Hay formas y formas de luchar contra las diferencias e indiferencias. El desconocimiento crea desconfianza y miedo los que a su vez generan racismo y discriminación; entonces hay que fomentar un proceso de conocerse el uno al otro”.

Y ahora, dónde estés, abre los ojos. Mírate y mira a los otros. Descubre en ti lo que hay en los otros y comencemos a aceptarnos para caminar juntos, hacia un destino común de bienaventuranza y paz. 


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